La calidad del aire interior depende de numerosos factores, pero uno de los más importantes es la correcta selección del filtro de aire. Sin embargo, elegir el filtro adecuado no consiste simplemente en instalar el de mayor eficiencia. Cada edificio, cada instalación y cada entorno requieren un nivel de filtración diferente.
Para facilitar esta elección, la norma ISO 16890 clasifica los filtros en función de su capacidad para retener las partículas presentes en el aire atmosférico, permitiendo seleccionar la solución más adecuada según el uso del edificio y los contaminantes que se desean reducir.
En esta guía explicamos cómo funciona la clasificación ISO 16890, qué significan categorías como ePM1, ePM2,5 o ePM10 y qué filtro de aire conviene instalar en viviendas, oficinas, hospitales, centros educativos o edificios comerciales para mejorar la calidad del aire interior sin comprometer la eficiencia energética.
¿Por qué es tan importante elegir correctamente un filtro de aire?
Cuando se habla de ventilación, es habitual centrar la atención en los caudales de aire, los recuperadores de calor o el diseño de la instalación. Sin embargo, el rendimiento de todo el sistema depende en gran medida de un componente mucho más sencillo: el filtro de aire.
Su función principal consiste en impedir que partículas sólidas presentes en el aire exterior entren en el edificio y se acumulen en los espacios interiores o en los propios equipos de climatización. Pero su papel va mucho más allá de actuar como una simple barrera física.
Un filtro correctamente seleccionado contribuye a mejorar la calidad del aire interior, protege la salud de los ocupantes, reduce la suciedad en los conductos, prolonga la vida útil de los equipos y ayuda a mantener el rendimiento energético de la instalación.
Por el contrario, elegir un filtro inadecuado puede tener consecuencias importantes. Un nivel de filtración insuficiente permitirá la entrada de polvo, polen o partículas finas, mientras que un filtro excesivamente restrictivo puede aumentar la pérdida de carga del sistema, obligando a los ventiladores a trabajar con mayor esfuerzo y elevando el consumo energético.
La clave, por tanto, no consiste en instalar el filtro “más eficiente”, sino el más adecuado para cada aplicación.
Filtrar el aire no significa eliminar todos los contaminantes
Existe una idea muy extendida según la cual un filtro de mayor eficiencia siempre proporciona una mejor calidad del aire. Aunque esta afirmación puede parecer lógica, la realidad es bastante más compleja.
Los filtros empleados en los sistemas de ventilación están diseñados para retener partículas en suspensión, pero no todos los contaminantes presentes en el aire.
Por ejemplo, son capaces de capturar en mayor o menor medida:
- Polvo procedente del exterior.
- Polen, especialmente relevante para personas alérgicas.
- Partículas generadas por el tráfico y la combustión.
- Hollín y otras partículas finas.
- Esporas de moho.
- Parte de los aerosoles en suspensión, dependiendo de su tamaño.
Sin embargo, no eliminan gases como el dióxido de carbono (CO₂), los compuestos orgánicos volátiles (COV) o determinados olores, que requieren estrategias complementarias como una adecuada renovación del aire, sistemas específicos de adsorción o tecnologías de purificación adicionales.
Comprender esta diferencia resulta fundamental para evitar falsas expectativas sobre el funcionamiento de los filtros y diseñar sistemas de ventilación realmente eficaces.
Un elemento clave para la eficiencia energética
Además de mejorar la calidad del aire, el filtro también influye directamente en el comportamiento energético de la instalación.
Cada filtro ofrece una determinada resistencia al paso del aire. Cuanto mayor es esa resistencia, mayor será el esfuerzo que deberán realizar los ventiladores para mantener el caudal previsto en el diseño.
Por ello, la selección del filtro siempre debe buscar un equilibrio entre dos objetivos que, en ocasiones, pueden parecer contrapuestos:
- Alcanzar el nivel de filtración necesario para proteger a los ocupantes y cumplir los requisitos de la instalación.
- Mantener unas pérdidas de carga razonables que no incrementen innecesariamente el consumo energético.
Esta relación entre filtración y eficiencia energética explica por qué la elección del filtro no puede realizarse únicamente atendiendo a su capacidad para retener partículas.
La calidad del aire exterior también condiciona la elección
Otro aspecto que suele pasarse por alto es que no todos los edificios reciben el mismo aire exterior.
Una vivienda situada en una zona rural estará expuesta a una concentración de partículas muy distinta a la de un edificio ubicado junto a una carretera con tráfico intenso, una instalación industrial o un puerto.
Del mismo modo, un colegio cercano a una gran avenida o un hospital localizado en el centro de una ciudad necesitarán estrategias de filtración diferentes para proteger adecuadamente a sus ocupantes.
Por este motivo, la selección del filtro debe considerar tanto el uso del edificio como las características del entorno en el que se encuentra.
Precisamente para facilitar esta elección nació la norma ISO 16890, que sustituyó a los antiguos criterios de clasificación y permite comparar los filtros en función de su capacidad real para retener las partículas presentes en el aire atmosférico.
¿Qué es la norma ISO 16890?
La ISO 16890 es la norma internacional que clasifica los filtros de aire utilizados en los sistemas de ventilación y climatización según su capacidad para retener partículas presentes en el aire atmosférico.
Publicada en 2016 por la Organización Internacional de Normalización (ISO), esta norma sustituyó progresivamente a la antigua EN 779, introduciendo un cambio importante en la forma de evaluar el rendimiento de los filtros.
Mientras que la EN 779 utilizaba partículas sintéticas para clasificar los filtros en laboratorio, la ISO 16890 se basa en partículas reales presentes en el aire que respiramos cada día. De esta forma, la clasificación refleja de manera mucho más fiel el comportamiento que tendrá un filtro una vez instalado en un edificio.
Este cambio facilita que proyectistas, ingenierías, instaladores y responsables de mantenimiento puedan seleccionar el filtro más adecuado en función del tipo de edificio, la calidad del aire exterior y las necesidades específicas de cada instalación.
Más que una nueva forma de nombrar los filtros, la ISO 16890 representa un cambio de enfoque: la prioridad ya no es únicamente medir el rendimiento del filtro en un laboratorio, sino conocer su eficacia frente a las partículas que realmente afectan a la calidad del aire interior.
¿Por qué fue necesario sustituir la EN 779?
Durante años, la norma EN 779 fue la referencia para clasificar los filtros de ventilación. Sin embargo, con el paso del tiempo se comprobó que presentaba una importante limitación.
Su sistema de ensayo estaba basado en partículas sintéticas de laboratorio que no representaban adecuadamente la composición del aire atmosférico. Como consecuencia, dos filtros con una clasificación similar podían ofrecer un comportamiento diferente cuando trabajaban en condiciones reales.
Además, la EN 779 no indicaba con claridad qué tipo de partículas era capaz de retener cada filtro, lo que dificultaba su selección en función del uso del edificio o de los objetivos de calidad del aire.
La ISO 16890 resolvió este problema al introducir una clasificación basada en el tamaño de las partículas presentes en la atmósfera.
Esto permite conocer con mucha más precisión qué contaminantes puede capturar cada filtro y facilita la comparación entre diferentes soluciones disponibles en el mercado.
Para los profesionales del sector, este cambio supone una ventaja importante, ya que la elección del filtro puede realizarse atendiendo a criterios relacionados con la salud, la calidad del aire y la eficiencia energética, en lugar de limitarse a una clasificación obtenida en condiciones de laboratorio.
Equivalencia entre EN 779 e ISO 16890
Uno de los cambios que introdujo la ISO 16890 fue la desaparición de las conocidas categorías G4, M5, F7 o F9 de la antigua EN 779.
Sin embargo, es importante señalar que no existe una equivalencia exacta entre ambas normas, ya que utilizan criterios de ensayo diferentes. Mientras que la EN 779 clasificaba los filtros mediante partículas sintéticas, la ISO 16890 evalúa su eficacia frente a partículas reales presentes en el aire atmosférico.
Aun así, el sector utiliza una serie de equivalencias aproximadas que sirven como referencia para interpretar ambas clasificaciones.
| Antigua EN 779 | Equivalencia aproximada ISO 16890 | Aplicación habitual |
|---|---|---|
| G1 – G4 | ISO Coarse | Prefiltración y protección de equipos |
| M5 | ePM10 50-60 % | Viviendas y edificios terciarios |
| M6 | ePM10 / ePM2,5 | Oficinas y edificios públicos |
| F7 | ePM2,5 65-70 % o ePM1 50-60 % | Hospitales, oficinas, colegios |
| F8 | ePM1 70-80 % | Alta calidad del aire interior |
| F9 | ePM1 ≥80 % | Aplicaciones con mayores exigencias de filtración |
Nota: Estas equivalencias son orientativas y pueden variar según el fabricante y los resultados obtenidos en los ensayos de cada filtro. La selección debe realizarse siempre utilizando la clasificación ISO 16890 y las especificaciones técnicas del producto.
¿Cómo funciona la clasificación ISO 16890?
La principal diferencia de la ISO 16890 respecto a la antigua EN 779 es que clasifica los filtros según su eficacia para retener partículas de diferentes tamaños.
En lugar de utilizar categorías como G4, M5, F7 o F9, la nueva norma agrupa los filtros en función de cuatro grandes familias:
- ISO Coarse
- ePM10
- ePM2,5
- ePM1
Cada una hace referencia al tamaño de las partículas que el filtro es capaz de retener de forma eficiente.
Cuanto menor es la partícula, mayor suele ser el impacto que puede tener sobre la salud, ya que las partículas más finas permanecen más tiempo en suspensión y penetran con mayor facilidad en el sistema respiratorio.
ISO Coarse
Los filtros ISO Coarse están diseñados para retener las partículas de mayor tamaño.
Son eficaces frente a contaminantes visibles como polvo grueso, arena, fibras textiles, insectos o restos vegetales, por lo que suelen utilizarse como prefiltros para proteger los equipos de ventilación y prolongar la vida útil de filtros de mayor eficiencia instalados aguas abajo.
Aunque contribuyen a reducir la suciedad en la instalación, por sí solos no ofrecen un nivel de filtración suficiente cuando el objetivo es mejorar significativamente la calidad del aire interior.
ePM10
Los filtros clasificados como ePM10 capturan una parte importante de las partículas con un diámetro inferior a 10 micras.
En este grupo se encuentran contaminantes como:
- Polvo fino.
- Polen.
- Esporas de moho.
- Algunas partículas procedentes del desgaste de neumáticos o del suelo.
Este tipo de filtros puede resultar adecuado para numerosos edificios terciarios y determinadas aplicaciones residenciales donde la calidad del aire exterior no presenta niveles elevados de contaminación.
ePM2,5
Las partículas PM2,5 tienen un diámetro inferior a 2,5 micras y representan uno de los principales problemas de contaminación atmosférica en las ciudades.
Proceden principalmente de procesos de combustión como:
- Tráfico rodado.
- Calderas.
- Industria.
- Quema de biomasa.
Debido a su reducido tamaño, permanecen durante más tiempo suspendidas en el aire y pueden penetrar profundamente en el aparato respiratorio.
Los filtros ePM2,5 ofrecen un nivel de protección superior y son habituales en edificios situados en entornos urbanos con elevados niveles de contaminación.
ePM1
Los filtros ePM1 representan uno de los niveles más altos de filtración dentro de la clasificación ISO 16890.
Están diseñados para capturar partículas inferiores a una micra, muchas de ellas prácticamente invisibles a simple vista.
Entre ellas se encuentran partículas ultrafinas generadas por motores de combustión, determinados procesos industriales o aerosoles muy finos presentes en el ambiente.
Su utilización resulta especialmente recomendable en edificios donde la calidad del aire interior tiene una importancia crítica, como hospitales, laboratorios, centros sanitarios, edificios de oficinas de alta ocupación o centros educativos.
No obstante, conviene recordar que un filtro ePM1 no equivale a un filtro HEPA. Ambos responden a normas diferentes y están destinados a aplicaciones distintas.
¿Dónde se instalan los filtros ISO 16890?
Aunque solemos hablar de los filtros de forma aislada, en la práctica forman parte de los sistemas de ventilación y climatización de los edificios. En instalaciones de ventilación mecánica, los filtros se alojan habitualmente en las Unidades de Tratamiento de Aire (UTA) o en los recuperadores de calor de los sistemas de VMC, donde el aire exterior atraviesa distintas etapas de filtración antes de impulsarse al interior del edificio.
Lo más habitual es combinar un prefiltro ISO Coarse, encargado de retener las partículas de mayor tamaño y proteger los componentes de la instalación, con un segundo filtro de mayor eficiencia, como un ePM2,5 o un ePM1, que elimina las partículas finas responsables de buena parte de la contaminación atmosférica.
Esta configuración no solo mejora la calidad del aire interior, sino que también prolonga la vida útil del recuperador de calor, de las baterías y del ventilador, reduciendo las necesidades de mantenimiento y manteniendo el rendimiento energético del sistema.

¿Qué filtro de aire necesito según el tipo de edificio?
Una vez comprendida la clasificación de la ISO 16890, surge la pregunta más importante: ¿qué filtro es el más adecuado para cada instalación?
No existe una respuesta única. La elección depende de factores como el uso del edificio, el número de ocupantes, la calidad del aire exterior, la actividad que se desarrolla en el interior o las exigencias de confort y salubridad.
Por este motivo, la selección del filtro debe realizarse como parte del diseño global del sistema de ventilación, buscando un equilibrio entre calidad del aire interior, eficiencia energética y costes de explotación.
A continuación se muestran algunas recomendaciones generales para las aplicaciones más habituales.
| Tipo de edificio | Filtración recomendada | Objetivo principal |
|---|---|---|
| Vivienda unifamiliar | ePM10 o ePM2,5 | Reducir polvo, polen y partículas urbanas |
| Vivienda con VMC en zona urbana | ePM2,5 | Mejorar la calidad del aire interior y proteger frente a la contaminación |
| Oficinas | ePM2,5 o ePM1 | Confort, bienestar y productividad de los ocupantes |
| Centros educativos | ePM1 | Reducir la exposición a partículas finas durante largos periodos de ocupación |
| Hospitales y centros sanitarios | ePM1 (y HEPA en áreas críticas) | Máxima protección frente a partículas en suspensión |
| Hoteles | ePM2,5 | Mejorar el confort de los huéspedes |
| Industria | Según el proceso | Protección de personas, equipos o procesos productivos |
Importante: La clasificación ISO 16890 no establece qué filtro debe instalarse en cada edificio. La selección dependerá de las características de la instalación, de los requisitos del proyecto y de la normativa aplicable en cada caso.
Viviendas
En una vivienda, el objetivo principal es garantizar una buena calidad del aire interior eliminando partículas procedentes del exterior, especialmente polvo, polen y contaminación urbana.
En zonas rurales o con baja contaminación, un filtro ePM10 puede ser suficiente para ofrecer un nivel adecuado de protección.
Sin embargo, en viviendas situadas en ciudades o próximas a vías con tráfico intenso, resulta habitual optar por filtros ePM2,5, ya que ofrecen una mayor capacidad para retener las partículas finas generadas por la combustión de vehículos.
En instalaciones de ventilación mecánica controlada (VMC), la correcta selección del filtro resulta especialmente importante, ya que el aire exterior se introduce de forma continua en la vivienda.
Oficinas y edificios terciarios
En edificios de oficinas, la calidad del aire influye directamente en el confort y el bienestar de los trabajadores.
Diversos estudios han relacionado una buena ventilación con una mejora de la concentración, una reducción del absentismo y una mayor satisfacción de los ocupantes.
En este tipo de edificios es habitual emplear filtros ePM2,5 o incluso ePM1, especialmente cuando el inmueble se encuentra en zonas urbanas con elevados niveles de contaminación.
Además, una filtración adecuada ayuda a mantener más limpios los equipos de climatización, reduciendo las necesidades de mantenimiento y prolongando su vida útil.
Centros educativos
Los colegios, institutos y universidades presentan una elevada ocupación durante muchas horas al día, lo que convierte la calidad del aire interior en un aspecto especialmente relevante.
La presencia de partículas finas puede afectar al confort de alumnos y profesores, especialmente en edificios situados cerca de carreteras con tráfico intenso.
Por ello, los filtros ePM1 constituyen una solución cada vez más habitual para mejorar la calidad del aire en las aulas, siempre acompañados de una adecuada renovación del aire y un correcto mantenimiento de la instalación.
Hospitales y centros sanitarios
Los centros sanitarios requieren uno de los niveles más elevados de filtración.
En muchas de sus instalaciones se utilizan filtros ePM1 como etapa previa de filtración, complementados posteriormente con filtros HEPA o ULPA en aquellas zonas donde se exige un control extremadamente riguroso de la contaminación, como quirófanos, laboratorios o salas blancas.
Conviene recordar que los filtros HEPA no forman parte de la clasificación ISO 16890, sino que se regulan mediante la norma UNE-EN ISO 29463, específica para este tipo de filtros de muy alta eficiencia.
Hoteles y edificios comerciales
En hoteles, centros comerciales y edificios destinados al público, la calidad del aire también influye en la percepción del confort por parte de los usuarios.
En estos casos suelen emplearse filtros ePM2,5, capaces de reducir la entrada de partículas finas procedentes del exterior sin generar pérdidas de carga excesivas que incrementen el consumo energético de la instalación.
¿Qué filtro de aire necesito? Infografía
Aunque la elección definitiva debe realizarse teniendo en cuenta las características de cada instalación, el siguiente árbol de decisión ofrece una orientación rápida sobre qué clasificación ISO 16890 puede resultar más adecuada según el tipo de edificio, el entorno y el nivel de protección requerido.

¿Es mejor instalar siempre el filtro más eficiente?
Puede parecer lógico pensar que, si un filtro ePM1 retiene más partículas que un ePM10, siempre será la mejor opción.
Sin embargo, esta idea no siempre es correcta.
Cada filtro ofrece una determinada resistencia al paso del aire. Cuanto mayor es su capacidad de filtración, mayor suele ser también la pérdida de carga, lo que obliga a los ventiladores a consumir más energía para mantener el caudal de diseño.
Por ello, instalar un filtro con una eficiencia superior a la realmente necesaria puede incrementar el consumo eléctrico de la instalación sin aportar beneficios significativos en determinadas aplicaciones.
Además, los filtros de mayor eficiencia suelen requerir una sustitución más frecuente cuando trabajan en ambientes con altas concentraciones de partículas, lo que repercute en los costes de mantenimiento.
La mejor elección será siempre aquella que permita alcanzar la calidad del aire requerida con el menor impacto posible sobre el consumo energético y los costes de explotación.
En definitiva, el objetivo no es instalar el filtro más eficiente, sino el más adecuado para cada edificio.
Factores que conviene valorar antes de elegir un filtro
La clasificación ISO 16890 es un excelente punto de partida, pero no debería ser el único criterio de selección.
Antes de decidir qué filtro instalar conviene analizar aspectos como:
- La calidad del aire exterior, ya que no es lo mismo un edificio situado en una zona rural que en un entorno urbano con tráfico intenso o próximo a un área industrial.
- El uso del edificio, ya que un hospital o un laboratorio requieren niveles de filtración muy diferentes a los de una vivienda o un almacén.
- La ocupación de los espacios, especialmente cuando permanecen muchas personas durante largos periodos de tiempo.
- Las condiciones de funcionamiento del sistema de ventilación, incluyendo caudales de aire, presión disponible y consumo energético.
- El plan de mantenimiento, ya que un filtro solo mantiene sus prestaciones si se sustituye cuando corresponde.
Una selección adecuada no solo mejora la calidad del aire interior, sino que también contribuye a aumentar la vida útil de la instalación y a reducir los costes de operación a largo plazo.
Filtros ISO 16890 y calidad del aire interior: una relación directa
La elección del filtro no solo influye en el funcionamiento de la instalación de ventilación, sino también en la calidad del aire interior (CAI) que respiran diariamente los ocupantes del edificio.
En los últimos años, la preocupación por la contaminación atmosférica y sus efectos sobre la salud ha puesto el foco en las partículas en suspensión, especialmente las PM10, PM2,5 y PM1. Estas partículas pueden proceder del tráfico, procesos industriales, sistemas de calefacción, obras o incluso de fuentes naturales como el polvo o el polen.
Las partículas de mayor tamaño suelen quedar retenidas en las vías respiratorias superiores. Sin embargo, cuanto menor es su diámetro, mayor es su capacidad para penetrar en el aparato respiratorio. Las partículas PM2,5 e incluso las PM1pueden alcanzar las zonas más profundas de los pulmones, motivo por el que organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomiendan reducir al máximo la exposición a este tipo de contaminantes.
En este contexto, la clasificación ISO 16890 permite seleccionar filtros en función del tamaño de las partículas que se pretende eliminar, facilitando el diseño de sistemas de ventilación más eficaces y adaptados a cada edificio.
No obstante, conviene recordar que un filtro de aire es solo una parte del sistema de ventilación. Para conseguir una buena calidad del aire interior también es necesario garantizar una adecuada renovación del aire, un correcto mantenimiento de la instalación y una gestión eficiente de otros contaminantes, como el dióxido de carbono (CO₂), la humedad o los compuestos orgánicos volátiles (COV), que no pueden eliminarse mediante la filtración convencional.
¿Qué relación existe entre la ISO 16890 y el RITE?
Aunque la ISO 16890 es la norma internacional utilizada para clasificar los filtros de aire, en España las instalaciones térmicas deben cumplir además los requisitos establecidos en el Reglamento de Instalaciones Térmicas en los Edificios (RITE).
El RITE fija las condiciones que deben cumplir las instalaciones de climatización y ventilación para garantizar el bienestar, la eficiencia energética y la calidad del aire interior. Entre otros aspectos, establece criterios relacionados con la ventilación, el mantenimiento de los equipos y la filtración del aire en función del uso del edificio y de la calidad del aire exterior.
En este contexto, la clasificación ISO 16890 se ha convertido en la referencia utilizada por fabricantes, proyectistas e instaladores para seleccionar los filtros que mejor se adaptan a las exigencias del proyecto y a las condiciones de funcionamiento de la instalación.
Por tanto, ambas referencias no compiten entre sí, sino que se complementan: mientras el RITE define los requisitos que debe cumplir una instalación de ventilación, la ISO 16890 proporciona un sistema homogéneo para evaluar y comparar el rendimiento de los filtros de aire.
Errores más habituales al elegir un filtro de aire
La elección del filtro no debería basarse únicamente en el precio o en la eficiencia declarada por el fabricante. Estos son algunos de los errores más frecuentes que conviene evitar.
Pensar que el filtro más eficiente siempre es la mejor opción
Como hemos visto, un filtro con mayor capacidad de retención también suele generar una mayor pérdida de carga. Si no es necesario alcanzar ese nivel de filtración, el resultado puede ser un aumento innecesario del consumo energético y de los costes de mantenimiento.
No tener en cuenta el entorno del edificio
No requiere la misma estrategia de filtración una vivienda situada en una zona rural que un edificio de oficinas ubicado junto a una vía con tráfico intenso. Analizar la calidad del aire exterior es un paso imprescindible para elegir correctamente el filtro.
Descuidar el mantenimiento
Un filtro saturado pierde eficacia y aumenta la resistencia al paso del aire, obligando a los ventiladores a trabajar con mayor esfuerzo. Sustituir los filtros siguiendo las recomendaciones del fabricante y del plan de mantenimiento es esencial para conservar el rendimiento de la instalación.
Confundir los filtros ISO 16890 con los filtros HEPA
Es habitual pensar que un filtro ePM1 y un filtro HEPA ofrecen prestaciones similares, pero responden a normas diferentes y están diseñados para aplicaciones distintas. Los filtros HEPA se emplean cuando se requieren niveles muy elevados de filtración, como en quirófanos, laboratorios o salas limpias.
Preguntas frecuentes sobre los filtros ISO 16890
¿Qué significa ePM1 80 %?
Indica que el filtro es capaz de retener, de media, el 80 % de las partículas con un tamaño inferior a una micra (PM1)durante los ensayos establecidos por la norma ISO 16890.
¿Qué diferencia existe entre un filtro ePM1 y un HEPA?
Los filtros ePM1 se clasifican según la norma ISO 16890 y se utilizan habitualmente en sistemas de ventilación y climatización de edificios. Los filtros HEPA, regulados por la norma UNE-EN ISO 29463, ofrecen una capacidad de retención muy superior y se destinan a aplicaciones donde se exige una filtración de muy alta eficiencia.
¿La ISO 16890 es obligatoria?
La ISO 16890 es la norma internacional de referencia para clasificar los filtros de aire y ha sustituido a la antigua EN 779. Aunque la norma clasifica los filtros y no impone su uso, constituye el estándar utilizado actualmente por el sector para comparar su rendimiento.
¿Cada cuánto tiempo hay que cambiar un filtro?
No existe un periodo fijo. La frecuencia de sustitución depende del tipo de filtro, de las horas de funcionamiento de la instalación, del nivel de contaminación del aire exterior y de las recomendaciones del fabricante. Un mantenimiento periódico es fundamental para garantizar la eficiencia del sistema.
Conclusión
Elegir correctamente un filtro de aire va mucho más allá de seleccionar el modelo con mayor eficiencia. Cada edificio presenta unas necesidades diferentes en función de su uso, su ubicación, la calidad del aire exterior y las exigencias de confort de sus ocupantes.
La norma ISO 16890 proporciona un criterio común para clasificar los filtros según su capacidad para retener partículas reales presentes en el aire atmosférico, facilitando la comparación entre soluciones y ayudando a proyectistas, instaladores y responsables de mantenimiento a tomar decisiones más fundamentadas.
Sin embargo, la clasificación es solo una parte de la ecuación. Para conseguir una buena calidad del aire interior es imprescindible combinar una filtración adecuada con un correcto diseño del sistema de ventilación, una renovación suficiente del aire y un mantenimiento periódico de la instalación.
En definitiva, no existe un filtro universal que sirva para cualquier edificio. La mejor elección será siempre aquella que consiga el equilibrio entre protección frente a las partículas, eficiencia energética, coste de mantenimiento y necesidades reales de cada instalación.









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