Las calderas atmosféricas han sido una opción común para calefacción en muchas viviendas, pero debido a su baja eficiencia energética y los riesgos de seguridad que implican, han sido progresivamente desaconsejadas y finalmente prohibidas en España. En este artículo exploramos qué son, cómo funcionan, por qué están prohibidas y qué alternativas existen en el mercado.
Una caldera atmosférica es un sistema de calefacción que toma el aire necesario para la combustión directamente del espacio donde está instalada, en lugar de hacerlo desde el exterior. Esto implica que, para su funcionamiento adecuado, necesita una buena ventilación en el lugar para evitar riesgos como intoxicaciones por gases tóxicos.
Este tipo de caldera no tiene una cámara de combustión aislada, lo que puede liberar gases peligrosos en el ambiente. Además, su eficiencia energética es baja, ya que generalmente no supera el 70%, lo que resulta en un mayor consumo de gas y un impacto negativo tanto en la economía como en el medio ambiente.
El funcionamiento de las calderas atmosféricas se basa en un proceso simple pero arriesgado. En primer lugar, estas calderas toman el aire necesario para la combustión directamente del ambiente en el que están instaladas. Una vez que el gas se enciende, genera calor, pero los gases de la combustión no se mantienen aislados, lo que puede generar problemas de ventilación y posibles intoxicaciones.
El humo generado por la combustión se dirige a una chimenea común que expulsa los gases al exterior. Sin embargo, debido a su sistema abierto y a la dependencia de la ventilación, las calderas atmosféricas son muy vulnerables a obstrucciones o fallos en la extracción de gases.
Las partes principales de una caldera atmosférica incluyen:
Existen varios tipos de calderas atmosféricas de gas, que varían en función de su tamaño, potencia y características. Sin embargo, en general, todas comparten el mismo principio de funcionamiento: toman el aire de la misma estancia en la que están instaladas para la combustión. Entre los tipos más comunes se encuentran las calderas murales y las de pie, dependiendo del espacio y las necesidades de calefacción.
Las calderas atmosféricas fueron prohibidas principalmente por razones de seguridad y eficiencia energética. Al no tener una cámara de combustión aislada y depender del aire de la misma estancia, existe un riesgo significativo de intoxicación por gases tóxicos como el monóxido de carbono. Además, su baja eficiencia energética provoca un mayor consumo de gas, lo que genera un impacto negativo tanto en la economía doméstica como en el medio ambiente.
El 1 de enero de 2010 entró en vigor la prohibición de instalar nuevas calderas atmosféricas, según el Reglamento de Instalaciones Térmicas en los Edificios (RITE). Este reglamento permitía que las calderas atmosféricas ya instaladas y con una potencia igual o inferior a 70 kW siguieran funcionando, pero no podían ser reemplazadas por otras de la misma categoría.
Posteriormente, en 2015, la normativa europea sobre eficiencia energética se reforzó, prohibiendo la fabricación y venta de calderas atmosféricas nuevas, alineándose con el compromiso de la Unión Europea para reducir las emisiones de CO2.
A partir de 2015, la normativa europea que entró en vigor incluye dos directivas clave:
Estas normativas hicieron que las calderas atmosféricas fueran eliminadas progresivamente del mercado, ya que no cumplían con los requisitos de eficiencia energética.
Las calderas atmosféricas instaladas antes de la fecha de la prohibición pueden seguir operando, siempre que sean revisadas y mantenidas adecuadamente. Sin embargo, si una caldera necesita ser reemplazada o reparada, la nueva instalación debe ser de un tipo más seguro y eficiente, como una caldera estanca o de condensación.
Las calderas estancas han reemplazado a las atmosféricas debido a sus mayores niveles de eficiencia energética, seguridad y ahorro económico.
Las calderas atmosféricas generalmente no superan el 70% de eficiencia, lo que significa que entre un 10% y un 30% del gas consumido no se aprovecha para generar calor, desperdiciándose y contribuyendo a la contaminación. En comparación, las calderas estancas pueden alcanzar una eficiencia de hasta 105%, ya que aprovechan también el calor latente de los gases de la combustión.
Mientras que las calderas atmosféricas presentan un riesgo elevado de intoxicación por monóxido de carbono, debido a que sus gases de combustión pueden entrar en contacto con el aire interior, las calderas estancas están completamente aisladas. Su cámara de combustión es independiente del aire interior, lo que garantiza que los gases no se liberen al ambiente.
Las calderas atmosféricas deben contar con un sistema de ventilación y extracción de humos eficiente para evitar que los gases tóxicos se acumulen en el espacio cerrado. En cambio, las calderas estancas expulsan los gases de la combustión de manera controlada a través de un conducto exterior, garantizando una mayor seguridad y eficiencia.
Las calderas estancas siguen siendo una opción más eficiente y segura que las atmosféricas, pero hoy en día las calderas de condensación ofrecen una eficiencia aún mayor, alcanzando hasta el 110% de eficiencia. Estas calderas aprovechan el calor de los humos de la combustión para precalentar el agua que entra en el sistema, lo que reduce aún más el consumo de gas.
Si necesitas reemplazar tu caldera atmosférica, lo más recomendable es optar por una caldera de condensación, ya que no solo cumplen con la normativa de eficiencia energética, sino que también ofrecen mayores ahorros y una menor emisión de CO2.
Una forma fácil de identificar si tu caldera es estanca o atmosférica es observar si tiene un sistema de toma de aire del exterior. Si la caldera tiene una chimenea doble (una para los humos y otra para el aire), es estanca. Si la caldera solo tiene una chimenea para los humos y toma el aire del mismo espacio, es atmosférica.
Sí, si tu caldera atmosférica está obsoleta o necesita reparación, debes sustituirla por un modelo más seguro y eficiente. Aunque las calderas atmosféricas instaladas antes de la prohibición de 2010 pueden seguir funcionando, la normativa actual exige reemplazarlas por calderas estancas o de condensación cuando sea necesario. Estas alternativas son más seguras, eficientes y respetuosas con el medio ambiente, cumpliendo con los estándares de eficiencia energética establecidos por la legislación.
El precio de sustituir una caldera atmosférica varía según el tipo de caldera, el tamaño de la instalación y la mano de obra. Generalmente, oscila entre 1.000 y 3.000 euros. Las calderas de condensación son más caras, pero más eficientes y económicas a largo plazo. Además, pueden existir ayudas o subvenciones que reduzcan el coste total.
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Hace 15 días Endesa me obligó a cambiar la caldera atmosférica alegando que al hacer un contrato nuevo la instalación ya no era legal. El contrato anterior hacía tan solo 20 días que se había dado de baja con la misma empresa al dejar el piso el inquilino anterior.
Al dar de nuevo de alta el gas el técnico de la suministradora precinto la caldera para que se le hiciese la puesta a punto. El técnico oficial de la caldera hizo la puesta a punto sin ningún problema y desprecinto la caldera. Al cabo de una semana llegó el técnico de Endesa a hacer el mantenimiento gratuito suscrito con el contrato de gas y precintó la caldera aduciendo que era ilegal al ser un nuevo contrato de gas, que sí simplemente se hubiese hecho un cambio de nombre entonces no habría habido ningún problema en seguir utilizando la misma caldera. Al mismo tiempo que precintaba la caldera y dejaba sin agua ni calefacción a los inquilinos (en pleno mes de enero) les dejaba junto al informe de inspección, y referenciado al mismo, el presupuesto de 2.000€ para la instalación de una nueva caldera.
En reclamación a Endesa para que hiciesen una nueva inspección, nos envían al mismo subcontratista que hizo la anterior con la condición de que no cambiará el resultado de la misma y al mismo tiempo envían al inquilino recordatoria del presupuesto de cambio de caldera.
No ha habido más alternativa que cambiar la caldera y emprender unas acciones legales que ningún abogado quiere llevar a cabo. Es decir la compañía lleva a cabo unas dudosas prácticas amparada en la indefensión en la que nos encontramos los consumidores.